Hola, amigos
Como algunos sabéis (y si no, ahora ya vais a enteraros),
colaboro en otro blog junto con otras siete compañeras —Pecados Capitales—, en
el que cada viernes escribo una entrada como personificación de la lujuria. Es,
en cierta manera, la mejor forma que he encontrado para no desvincularme por
completo de mi profesión periodística, dejando un artículo de opinión sobre la
actualidad semanal que tenga algo que ver con el mencionado pecado.
Pues bien, para mí sería muy cómodo hacer una copia-pega del artículo en cuestión y
subirlo a este espacio, con el que quedaría actualizado con mucha más asiduidad
de la que acostumbro, pero no me parece serio y, para qué duplicar tareas… Sin
embargo, en esta ocasión no me queda más remedio que hacerme eco de la entrada del
pasado viernes. Al menos eso es lo que hemos decidido hacer las ocho
participantes de Pecados Capitales, por dos razones fundamentales; primero,
porque el asunto no puede dejar indiferente a cualquiera. Segundo, porque
viniendo de quien viene, a día de hoy todavía no me he repuesto de la
impresión.
Cualquiera que me conozca un poquito sabe que si hay alguna
autora de romántica a la que yo admiro y sigo con verdadero deleite es a la
americana Pamela Clare. Mi gente
siempre se ríe cuando en petit comité
—y no tan petit— declaro sin pudor
alguno que «cuando sea mayor quiero ser Pamela Clare». Lo cierto es que esta
frase se refiere a todas mis aspiraciones como autora de romántica en ciernes.
Sus historias, su forma de contarlas, sus personajes, el modo de enganchar al
lector en sus tramas… en fin, todo, me tiene subyugada. Y, para que mentir,
también su éxito. Algún día me gustaría ser tan reconocida como lo es ella y
llegar a tantísima gente a la que hacer un rato la vida feliz con mis novelas.
Pues bien, eso sigue siendo así al día de hoy pero… ¡ya no
quiero ser Pamela Clare! Ahora sólo
quiero llegar a escribir algún día como lo hace ella. Y os preguntaréis el
porqué, claro…
Resulta que esta autora, con la que por diversas
casualidades del destino he llegado a tener una relación bastante cercana que
ahora no viene al caso, el pasado 2 de abril, con motivo del Día Mundial contra
la Agresión Sexual (que en Estados Unidos se ha extendido al «Mes» y se
conmemora durante todo abril), Pamela escribió una entrada en su muro de Facebook
que me dejó total y absolutamente noqueada.
No te voy a adelantar más porque, gracias a la generosidad de
esta gran autora y a la de su traductora oficial al castellano, María José Losada, que me han dado permiso para hacerme eco en mi espacio de este escrito,
vosotros mismos vais a poder leerlo sin que medie interpretación alguna que no
sea la vuestra propia. Merece la pena dedicarle cinco minutos y, de paso, si de
alguna manera ayuda a alguien o a alguna persona de vuestro entorno, doble
satisfacción para mí.
Os dejo con ella y, una vez más, mi rendida admiración a
Pamela Clare por su valentía al hacer esto público.
Rompe el silencio
(por Pamela Clare).
Tenía diez años. Era alta para mi edad y lucía
una larga melena rubia que apenas había comenzado a rizarse. Aquel día me
acerqué a casa de una amiguita del cole para preguntarle si le apetecía salir a
jugar conmigo, pero no estaba en casa. Su padre me abrió la puerta y me dijo
que podía esperarla dentro. Entré en la casa sin temor y me senté a esperarla
en la agujereada moqueta marrón mientras veía la tele. Emitían el programa
musical Soul Train.
Entonces no sabía que acababa de entrar en la
guarida de un depredador.
No llevaba mucho tiempo viendo la televisión
cuando el padre de Julie me preguntó si quería un bikini de su hija. Me dijo
que ella lo regalaba y estaba seguro de que me serviría.
No es que me interesara demasiado, pero él me
tentó para que lo aceptara diciéndome que era muy bonito. Estamos hablando del
año 1974, los bikinis eran la última moda. Vestir a la moda no estaba entre mis
prioridades, aunque tenía un bikini de color rosa que me ponía cuando corría en
verano bajo los aspersores de riego del jardín o cuando jugaba con mis hermanos
en la piscina. Por fin, y sin sospecha o temor alguno, le respondí que sí, que
me encantaría tener ese bikini.
Me invitó a probármelo; solo para asegurarnos
de que me servía.
Me levanté y le acompañé al dormitorio. Una vez
allí cerré la puerta para disfrutar de cierta privacidad. Me sentí un poco
cortada cuando él la abrió al instante, pero no me asusté. A fin de cuentas era
un padre. Mi padre me llenaba a veces la bañera y me ayudaba a lavarme el pelo
o me tendía la toalla para secarme. Sin embargo, el pudor hizo que me pusiera
el bikini lo más rápido que pude.
Pero no fui suficientemente rápida. Cuando
quise darme cuenta, él me había puesto las manos encima, las paseaba por todo
mi cuerpo.
En ese momento sí tuve miedo, sin embargo no
conocía las palabras para describir aquel temor; solo percibía la sensación de
que había algo en todo aquello que no era correcto.
Le dije que no quería el bikini, me lo quité,
se lo puse en las manos y me volví a cubrir con mi ropa lo más rápido que pude.
Cuando estuve vestida de nuevo ya no tuve
miedo. ¡Qué tonta fui!
Salí del cuarto y volví a sentarme frente al televisor para ver
bailar a toda aquella gente.
Él se sentó detrás, luego se dejó caer al
suelo, a mi lado. Escuché el ruido de una cremallera y aparté la mirada del
televisor para ver cómo se abría los pantalones.
Era la primera vez que veía los genitales de un
hombre. Me resultaron repulsivos.
De hecho, me parecieron realmente feos; tan
repugnantes como aquella vez que vislumbré las entrañas aplastadas de una
ardilla que había sido atropellada por un coche en la calle paralela a Martin
Park, donde estaba mi colegio.
No voy a entrar en detalles de lo que ocurrió
después, porque esto puede caer en manos de algún enfermo pervertido capaz de
masturbarse mientras lo lee. No obtendrá esa satisfacción a mi costa. Basta
decir que me violó sobre aquella moqueta marrón, entre un televisor en el que
salían imágenes de hombres y mujeres bailando, y un sofá sobre el que colgaba
un tapiz de terciopelo negro con un asno y un cactus.
Cuando todo acabó, me marché corriendo a casa.
Me sentía enferma. No sabía otras palabras para describir lo que acababa de
ocurrirme que las que él había usado, y esas palabras era tan groseras que me
meterían en un montón de problemas si las repetía. Me aterrorizaban. Creía lo
que él me había dicho y estaba convencida de que todo aquello había ocurrido
por mi culpa; de que había hecho algo terriblemente malo.
Como tardaba, mi madre estaba preocupada.
Todavía hoy dice que se acuerda de ese día; que crucé la puerta y me fui
directa al cuarto de baño mientras ella me preguntaba si estaba bien.
No lo estaba. Tardé mucho tiempo en volver a
estar bien.
Los niños saben guardar muy bien los secretos,
sobre todo cuando temen que revelarlos solo les reportará un castigo. Además,
yo tenía más imaginación que el resto de los niños. Podía abstraerme durante
horas en las fantasías que poblaban mi mente; castillos, princesas y zapatos de
rubí. Nada de brillantes lentejuelas rojas, sino dos rubís de gran tamaño
esculpidos en forma de zapatitos de cristal.
Pero lo cierto es que no soñaba durante todo el
tiempo.
En mi interior algo gritaba. Eran los gritos
que había guardado dentro de mí cuando el padre de Julie me hacía daño; los
gritos que había contenido cuando llegué a casa y que pugnaban por salir a la
superficie. Aún hoy no estoy segura de que en 1974 hubiera un nombre para eso,
aunque ahora se los llama terrores nocturnos.
No puedo decir cuántas veces me vi asaltada por
ellos; sigo recordando la sensación de despertarme en mitad de la noche, tan
aterrada que temía vomitar sobre la moqueta de mi madre, estremeciéndome de
pies a cabeza, presa de un horror anónimo que me sumía en un estado de pánico
absoluto. Entonces me acercaba a la habitación de mis padres y me quedaba
temblando en la puerta, cegada por las lágrimas, con el miedo envolviéndome
como un alambre de espino. En cada una de aquellas ocasiones mi padre se
levantaba de la cama, me llevaba a mi dormitorio y se sentaba a mi lado,
frotándome la espalda, hasta que dejaba de llorar y lograba volver a dormirme.
Me adapté. Algunas noches conciliaba el sueño
imaginando que mis compañeros de clase dormían en catres en mi dormitorio, a mi
alrededor. Otras me iba a la cama de mi hermana, que entonces solo tenía ocho
años, y me hacía sentir segura. (Ella no lo recuerda, pero yo sí).
Y mi vida cambió también durante el día.
Siempre había sido una niña normal para mi
edad, pero en quinto me deprimí tan profundamente que me convertí en la típica
criatura a la que todo el mundo intimidaba. Fue horrible. Después de un tiempo,
dejé de salir al recreo. Me negaba a jugar con los demás niños lejos de
los adultos, no quería que tuvieran la oportunidad de insultarme y maltratarme
con sus crueles actitudes.
Sencillamente, hubo un antes y un después.
Una tarde que veía la tele con mi madre, me
llamó la atención un programa que creo que se llamaba Un caso de
violación. Mi interés venía provocado por la participación de Elizabeth
Montgomery, la protagonista de Embrujada, una serie que me gustaba
mucho. No sabía de qué iba, pero al observarlo, aprendí una palabra que no
conocía hasta entonces. Era la palabra que describía lo que me había ocurrido a
mí en aquella sala de la casa de mi amiga.
«Violación».
Se lo conté a mi madre. Como era de esperar,
ella se alteró mucho; se enfadó tanto que llegué a lamentar habérselo dicho.
Pero mi pesar se acentuó cuando me llevaron a la consulta del pediatra y me
examinó un señor que no me dijo lo que estaba haciendo ni por qué. Nadie me
explicó nada; solo hablaban como si no estuviera delante, diciendo cosas que no
entendía. Para entonces ya había transcurrido casi un año y no había restos
probatorios con los que poder presentar una denuncia: ni lesiones, ni heridas,
ni semen...
A resultas de lo cual la expresión «violación»
fue el catalizador de un silencio todavía más profundo.
Recuerdo lo que pensaba mientras duraba aquel
examen. Una idea que atravesaba con fuerza la humillación y la cólera que
sentía: «Los hombres solo quieren lo que hay entre mis piernas».
No compartí con nadie aquel razonamiento. Lo
guardé en mi interior.
La soledad puede ser cicatrizante. El silencio
puede abrir la mente, pero cuando una herida está envuelta en el silencio, en
lugar de sanar se enquista. Y la soledad que se produce cuando eres la víctima
de un crimen que nadie conoce es devastadora. Yo era la única que realmente
sabía lo que me había ocurrido. Todos los demás actuaban como si no hubiera
pasado nada y me hacían callar cuando lo mencionaba. Aprendí a no hablar de
ello.
Crecí. Superé el acoso, en parte porque nos
mudamos a otra localidad. Hice nuevos amigos. Amigos que, como yo, estaban
heridos de alguna manera —aunque eso no lo supe hasta mucho después—: una chica
a la que su padre acosaba, otra cuyo padrastro le pegaba y un chico gay.
Algunos chicos del colegio me gustaban, pero
jamás hablé con ellos. Y cuando llegué al instituto, la mayoría de mis amigas
eran sexualmente activas. Yo no, aunque ahora no lo lamento porque, a pesar de
lo que piensan los adolescentes, mantener relaciones sexuales en el asiento
trasero de un coche o perder la cabeza por un chico con braquets no
suele ser la gran experiencia que todos piensan. Recuerdo que una de mis amigas
me contaba que tenía que contener las náuseas para chupársela a su novio. No
entiendo por qué seguía haciéndolo, pero recuerdo que entonces me pareció burdo
y muy poco romántico.
Mi vida dio un vuelco cuando me fui a vivir a
Dinamarca. Quería tener novio, pero no podía ser ninguno de los chicos de la
pequeña localidad de Colorado en la que vivía. Tenía que ser un hombre de
mundo, más interesante que mis compañeros del instituto.
Fue en Dinamarca donde salí de mi caparazón, en
su mayor parte gracias a mis padres de intercambio. Ellos hicieron todo lo
posible para ayudarme y apuntalar la autoestima de una chica que, era evidente,
estaba herida.
«No sabemos qué te ha ocurrido, pero sí que
algo está muy mal. Nos limitamos a prestarte todo nuestro apoyo».
Mis cicatrices, tan evidentes incluso para los
desconocidos, no eran percibidas por las personas de mi ciudad natal. Extraño,
¿verdad?
Preben, mi padre de acogida, me enlazaba el
brazo cuando entrábamos en restaurantes y decía chorradas como, «cada uno de
los hombres presentes va a ponerse celoso al ver que salgo con una chica tan
guapa».
Al final del primer año que pasé allí tuve un
novio… Con él hice el amor por primera vez en mi vida y disfruté de ello. Nunca
he dicho que fue allí donde perdí mi virginidad porque, desde el momento en que
comprendí lo que eso significaba, sabía que era algo que yo no tenía. Jamás
tuve esa sensación de pureza con la que algunas jóvenes llegan a la cama de sus
amantes ni pensé que un encuentro sexual pudiera ser algo especial, más allá
del placer físico que comparten dos personas.
Pero, ¿adónde se dirige esta historia?
La relación que mantuve en Dinamarca llegó a su
fin. Tuve que regresar a Estados Unidos a pesar de que no quería. Cometí el
error de casarme y tardé demasiado en divorciarme, desperdiciando diez años de
mi vida en una relación estúpida. Finalmente descubrí el periodismo y, sabiendo
que tenía que hacer algo con respecto a la violencia de género, canalicé mi
trabajo como columnista y reportera en temas relacionados con mujeres.
Y me realicé.
La violación es una cadena perpetua. Si
comenzara a enumerar todas las maneras en las que afecta a mi vida haber sido
violada, daría para escribir un libro. Omitiré cierto coqueteo con sustancias
adictivas, la depresión, las veces que pensé en suicidarme cuando era una
preadolescente… Pero quiero dejar constancia de una corta lista porque no creo
que la gente comprenda lo profundo que resulta el daño que provoca ese crimen.
La violación me robó cualquier sensación de misterio
que pudiera tener el sexo. Pero todavía fue peor que me desvinculara de mi
cuerpo, convirtiéndolo en una casa hostil en la que yo no quería estar. Eso
tuvo un gran impacto en mí durante mis embarazos y partos, en mi salud, en mi
adaptabilidad, en mi ego… Me hizo ser cautelosa y muy desconfiada con los
hombres, y las palabras que estoy escribiendo son comedidas. Tengo muchos
amigos varones, tipos que sé que jamás atacarían a una mujer; ellos son los que
me ayudan incluso cuando lo que necesito es apoyo emocional.
También tuvo su lado positivo. La fuerza que
encontré en mi interior se hizo tan grande que quise compartirla con otras
mujeres. Era feroz, capaz de derribar paredes, enfrentarse a amenazas de
muerte, acosadores, hombres armados… y reírse de todo ello.
En 2006, después de más de una década
escribiendo sobre atentados sexuales y maltrato de género en mi columna de
opinión del periódico, hice público que era la superviviente de una violación.
En 2010 escribí sobre las mujeres que daban a luz en la cárcel inmovilizadas
con grilletes a la cama; el artículo sirvió para que se aprobara una enmienda
prohibiéndolo. Mi trabajo me valió un importante galardón de la Asociación de
los Periodistas de Colorado,Flame Lifetime Achievement Award y, el
año pasado, me concedieron el primer premio de la Coalición de Colorado contra
las Agresiones Sexuales. Cuando me acerqué al estrado tenía la cabeza llena de
palabras significativas que podría haber dicho, pero terminé llorando sin
consuelo.
Fue inmensamente gratificante saber que había
conseguido algo en la causa que más importancia tiene para mí.
A pesar de no tener pareja, mi vida ha sido
plena y satisfactoria. Tengo dos hijos que lo significan todo para mí. Chicos a
los que he enseñado a respetar a las mujeres. He escrito incontables artículos
y columnas. Soy la autora de trece novelas. Tengo mi casa. Viajo. Me jacto de
poseer buenos amigos. Me despierto casi todos los días con una sonrisa en la
cara, incluso aunque en mi interior siguen existiendo sombras de las que no
puedo desprenderme.
Estoy compartiendo ahora mi experiencia en
honor al mes de la Conciencia sobre la Agresión Sexual, con la esperanza de
ayudar a otras víctimas de violaciones. Fui testigo de cómo en las elecciones
de 2012 los políticos querían quitar contundencia a las penas por violación con
frases como «violaciones legítimas». Viví las consecuencias de la violación de
Steubenville, cuando los medios de comunicación se topaban con hombres y
mujeres que trataban de defender a los violadores culpando a la víctima. Lo mismo
ocurrió cuando una estudiante de veintitrés años fue violada hasta la muerte en
la India. Voces internacionales condenaron las culturas que permiten estos
crímenes y exigieron justicia para las víctimas.
Creo que por fin hemos alcanzado un punto en el
que se considera la violación como un delito. Y quiero llegar más allá.
Este mes, por favor, escribid y compartid los
hechos que conozcáis sobre crímenes sexuales, violaciones y violencia de
género. Salid a la calle y culpad a los violadores, porque nunca una violación
es el resultado de la elección de la ropa, lo que bebe o donde está una mujer.
El violador es el único culpable. Ellos son depredadores, igual que el hombre
que me asaltó, que buscan la oportunidad de atacar.
Dad confianza a las víctimas, aseguradles que
sobrevivirán. Decidles que la vida mejora y que sanarán. Que son más fuertes
que la persona que les hizo daño y tienen la capacidad de vivir sin aquellos
que deberían amarles y protegerles pero les decepcionaron. Hacedles saber que
hay luz al final del túnel y que deben recuperar sus cuerpos para encontrar la
felicidad.
Rompe el silencio. Denuncia las violaciones.



