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domingo, 7 de abril de 2013

Rompiendo silencios. Toda mi admiración para ti, Pamela Clare.


Hola, amigos

Como algunos sabéis (y si no, ahora ya vais a enteraros), colaboro en otro blog junto con otras siete compañeras —Pecados Capitales—, en el que cada viernes escribo una entrada como personificación de la lujuria. Es, en cierta manera, la mejor forma que he encontrado para no desvincularme por completo de mi profesión periodística, dejando un artículo de opinión sobre la actualidad semanal que tenga algo que ver con el mencionado pecado.
   Pues bien, para mí sería muy cómodo hacer una copia-pega del artículo en cuestión y subirlo a este espacio, con el que quedaría actualizado con mucha más asiduidad de la que acostumbro, pero no me parece serio y, para qué duplicar tareas… Sin embargo, en esta ocasión no me queda más remedio que hacerme eco de la entrada del pasado viernes. Al menos eso es lo que hemos decidido hacer las ocho participantes de Pecados Capitales, por dos razones fundamentales; primero, porque el asunto no puede dejar indiferente a cualquiera. Segundo, porque viniendo de quien viene, a día de hoy todavía no me he repuesto de la impresión.
   Cualquiera que me conozca un poquito sabe que si hay alguna autora de romántica a la que yo admiro y sigo con verdadero deleite es a la americana Pamela Clare. Mi gente siempre se ríe cuando en petit comité —y no tan petit— declaro sin pudor alguno que «cuando sea mayor quiero ser Pamela Clare». Lo cierto es que esta frase se refiere a todas mis aspiraciones como autora de romántica en ciernes. Sus historias, su forma de contarlas, sus personajes, el modo de enganchar al lector en sus tramas… en fin, todo, me tiene subyugada. Y, para que mentir, también su éxito. Algún día me gustaría ser tan reconocida como lo es ella y llegar a tantísima gente a la que hacer un rato la vida feliz con mis novelas.
   Pues bien, eso sigue siendo así al día de hoy pero… ¡ya no quiero ser Pamela Clare! Ahora sólo quiero llegar a escribir algún día como lo hace ella. Y os preguntaréis el porqué, claro…
   Resulta que esta autora, con la que por diversas casualidades del destino he llegado a tener una relación bastante cercana que ahora no viene al caso, el pasado 2 de abril, con motivo del Día Mundial contra la Agresión Sexual (que en Estados Unidos se ha extendido al «Mes» y se conmemora durante todo abril), Pamela escribió una entrada en su muro de Facebook que me dejó total y absolutamente noqueada.
   No te voy a adelantar más porque, gracias a la generosidad de esta gran autora y a la de su traductora oficial al castellano, María José Losada, que me han dado permiso para hacerme eco en mi espacio de este escrito, vosotros mismos vais a poder leerlo sin que medie interpretación alguna que no sea la vuestra propia. Merece la pena dedicarle cinco minutos y, de paso, si de alguna manera ayuda a alguien o a alguna persona de vuestro entorno, doble satisfacción para mí.
   Os dejo con ella y, una vez más, mi rendida admiración a Pamela Clare por su valentía al hacer esto público.

Rompe el silencio (por Pamela Clare).

   Tenía diez años. Era alta para mi edad y lucía una larga melena rubia que apenas había comenzado a rizarse. Aquel día me acerqué a casa de una amiguita del cole para preguntarle si le apetecía salir a jugar conmigo, pero no estaba en casa. Su padre me abrió la puerta y me dijo que podía esperarla dentro. Entré en la casa sin temor y me senté a esperarla en la agujereada moqueta marrón mientras veía la tele. Emitían el programa musical Soul Train.
   Entonces no sabía que acababa de entrar en la guarida de un depredador.
   No llevaba mucho tiempo viendo la televisión cuando el padre de Julie me preguntó si quería un bikini de su hija. Me dijo que ella lo regalaba y estaba seguro de que me serviría.
   No es que me interesara demasiado, pero él me tentó para que lo aceptara diciéndome que era muy bonito. Estamos hablando del año 1974, los bikinis eran la última moda. Vestir a la moda no estaba entre mis prioridades, aunque tenía un bikini de color rosa que me ponía cuando corría en verano bajo los aspersores de riego del jardín o cuando jugaba con mis hermanos en la piscina. Por fin, y sin sospecha o temor alguno, le respondí que sí, que me encantaría tener ese bikini.
    Me invitó a probármelo; solo para asegurarnos de que me servía.
   Me levanté y le acompañé al dormitorio. Una vez allí cerré la puerta para disfrutar de cierta privacidad. Me sentí un poco cortada cuando él la abrió al instante, pero no me asusté. A fin de cuentas era un padre. Mi padre me llenaba a veces la bañera y me ayudaba a lavarme el pelo o me tendía la toalla para secarme. Sin embargo, el pudor hizo que me pusiera el bikini lo más rápido que pude.
   Pero no fui suficientemente rápida. Cuando quise darme cuenta, él me había puesto las manos encima, las paseaba por todo mi cuerpo.
   En ese momento sí tuve miedo, sin embargo no conocía las palabras para describir aquel temor; solo percibía la sensación de que había algo en todo aquello que no era correcto.
   Le dije que no quería el bikini, me lo quité, se lo puse en las manos y me volví a cubrir con mi ropa lo más rápido que pude.
   Cuando estuve vestida de nuevo ya no tuve miedo. ¡Qué tonta fui! 
    Salí del cuarto y volví a sentarme frente al televisor para ver bailar a toda aquella gente.

    Él se sentó detrás, luego se dejó caer al suelo, a mi lado. Escuché el ruido de una cremallera y aparté la mirada del televisor para ver cómo se abría los pantalones.
   Era la primera vez que veía los genitales de un hombre. Me resultaron repulsivos.
   De hecho, me parecieron realmente feos; tan repugnantes como aquella vez que vislumbré las entrañas aplastadas de una ardilla que había sido atropellada por un coche en la calle paralela a Martin Park, donde estaba mi colegio.
   No voy a entrar en detalles de lo que ocurrió después, porque esto puede caer en manos de algún enfermo pervertido capaz de masturbarse mientras lo lee. No obtendrá esa satisfacción a mi costa. Basta decir que me violó sobre aquella moqueta marrón, entre un televisor en el que salían imágenes de hombres y mujeres bailando, y un sofá sobre el que colgaba un tapiz de terciopelo negro con un asno y un cactus.
   Cuando todo acabó, me marché corriendo a casa. Me sentía enferma. No sabía otras palabras para describir lo que acababa de ocurrirme que las que él había usado, y esas palabras era tan groseras que me meterían en un montón de problemas si las repetía. Me aterrorizaban. Creía lo que él me había dicho y estaba convencida de que todo aquello había ocurrido por mi culpa; de que había hecho algo terriblemente malo.
   Como tardaba, mi madre estaba preocupada. Todavía hoy dice que se acuerda de ese día; que crucé la puerta y me fui directa al cuarto de baño mientras ella me preguntaba si estaba bien.
    No lo estaba. Tardé mucho tiempo en volver a estar bien.
   Los niños saben guardar muy bien los secretos, sobre todo cuando temen que revelarlos solo les reportará un castigo. Además, yo tenía más imaginación que el resto de los niños. Podía abstraerme durante horas en las fantasías que poblaban mi mente; castillos, princesas y zapatos de rubí. Nada de brillantes lentejuelas rojas, sino dos rubís de gran tamaño esculpidos en forma de zapatitos de cristal.
   Pero lo cierto es que no soñaba durante todo el tiempo.
   En mi interior algo gritaba. Eran los gritos que había guardado dentro de mí cuando el padre de Julie me hacía daño; los gritos que había contenido cuando llegué a casa y que pugnaban por salir a la superficie. Aún hoy no estoy segura de que en 1974 hubiera un nombre para eso, aunque ahora se los llama terrores nocturnos.
   No puedo decir cuántas veces me vi asaltada por ellos; sigo recordando la sensación de despertarme en mitad de la noche, tan aterrada que temía vomitar sobre la moqueta de mi madre, estremeciéndome de pies a cabeza, presa de un horror anónimo que me sumía en un estado de pánico absoluto. Entonces me acercaba a la habitación de mis padres y me quedaba temblando en la puerta, cegada por las lágrimas, con el miedo envolviéndome como un alambre de espino. En cada una de aquellas ocasiones mi padre se levantaba de la cama, me llevaba a mi dormitorio y se sentaba a mi lado, frotándome la espalda, hasta que dejaba de llorar y lograba volver a dormirme.
   Me adapté. Algunas noches conciliaba el sueño imaginando que mis compañeros de clase dormían en catres en mi dormitorio, a mi alrededor. Otras me iba a la cama de mi hermana, que entonces solo tenía ocho años, y me hacía sentir segura. (Ella no lo recuerda, pero yo sí).
    Y mi vida cambió también durante el día.
   Siempre había sido una niña normal para mi edad, pero en quinto me deprimí tan profundamente que me convertí en la típica criatura a la que todo el mundo intimidaba. Fue horrible. Después de un tiempo, dejé de salir al recreo. Me negaba a jugar con los demás niños lejos de los adultos, no quería que tuvieran la oportunidad de insultarme y maltratarme con sus crueles actitudes.
    Sencillamente, hubo un antes y un después.
   Una tarde que veía la tele con mi madre, me llamó la atención un programa que creo que se llamaba Un caso de violación. Mi interés venía provocado por la participación de Elizabeth Montgomery, la protagonista de Embrujada, una serie que me gustaba mucho. No sabía de qué iba, pero al observarlo, aprendí una palabra que no conocía hasta entonces. Era la palabra que describía lo que me había ocurrido a mí en aquella sala de la casa de mi amiga.
   «Violación».
   Se lo conté a mi madre. Como era de esperar, ella se alteró mucho; se enfadó tanto que llegué a lamentar habérselo dicho. Pero mi pesar se acentuó cuando me llevaron a la consulta del pediatra y me examinó un señor que no me dijo lo que estaba haciendo ni por qué. Nadie me explicó nada; solo hablaban como si no estuviera delante, diciendo cosas que no entendía. Para entonces ya había transcurrido casi un año y no había restos probatorios con los que poder presentar una denuncia: ni lesiones, ni heridas, ni semen...
    A resultas de lo cual la expresión «violación» fue el catalizador de un silencio todavía más profundo.
   Recuerdo lo que pensaba mientras duraba aquel examen. Una idea que atravesaba con fuerza la humillación y la cólera que sentía: «Los hombres solo quieren lo que hay entre mis piernas».
   No compartí con nadie aquel razonamiento. Lo guardé en mi interior.
    La soledad puede ser cicatrizante. El silencio puede abrir la mente, pero cuando una herida está envuelta en el silencio, en lugar de sanar se enquista. Y la soledad que se produce cuando eres la víctima de un crimen que nadie conoce es devastadora. Yo era la única que realmente sabía lo que me había ocurrido. Todos los demás actuaban como si no hubiera pasado nada y me hacían callar cuando lo mencionaba. Aprendí a no hablar de ello.
   Crecí. Superé el acoso, en parte porque nos mudamos a otra localidad. Hice nuevos amigos. Amigos que, como yo, estaban heridos de alguna manera —aunque eso no lo supe hasta mucho después—: una chica a la que su padre acosaba, otra cuyo padrastro le pegaba y un chico gay.
    Algunos chicos del colegio me gustaban, pero jamás hablé con ellos. Y cuando llegué al instituto, la mayoría de mis amigas eran sexualmente activas. Yo no, aunque ahora no lo lamento porque, a pesar de lo que piensan los adolescentes, mantener relaciones sexuales en el asiento trasero de un coche o perder la cabeza por un chico con braquets no suele ser la gran experiencia que todos piensan. Recuerdo que una de mis amigas me contaba que tenía que contener las náuseas para chupársela a su novio. No entiendo por qué seguía haciéndolo, pero recuerdo que entonces me pareció burdo y muy poco romántico.
   Mi vida dio un vuelco cuando me fui a vivir a Dinamarca. Quería tener novio, pero no podía ser ninguno de los chicos de la pequeña localidad de Colorado en la que vivía. Tenía que ser un hombre de mundo, más interesante que mis compañeros del instituto.
   Fue en Dinamarca donde salí de mi caparazón, en su mayor parte gracias a mis padres de intercambio. Ellos hicieron todo lo posible para ayudarme y apuntalar la autoestima de una chica que, era evidente, estaba herida.
   «No sabemos qué te ha ocurrido, pero sí que algo está muy mal. Nos limitamos a prestarte todo nuestro apoyo».
   Mis cicatrices, tan evidentes incluso para los desconocidos, no eran percibidas por las personas de mi ciudad natal. Extraño, ¿verdad?
   Preben, mi padre de acogida, me enlazaba el brazo cuando entrábamos en restaurantes y decía chorradas como, «cada uno de los hombres presentes va a ponerse celoso al ver que salgo con una chica tan guapa».
   Al final del primer año que pasé allí tuve un novio… Con él hice el amor por primera vez en mi vida y disfruté de ello. Nunca he dicho que fue allí donde perdí mi virginidad porque, desde el momento en que comprendí lo que eso significaba, sabía que era algo que yo no tenía. Jamás tuve esa sensación de pureza con la que algunas jóvenes llegan a la cama de sus amantes ni pensé que un encuentro sexual pudiera ser algo especial, más allá del placer físico que comparten dos personas.
    Pero, ¿adónde se dirige esta historia?
   La relación que mantuve en Dinamarca llegó a su fin. Tuve que regresar a Estados Unidos a pesar de que no quería. Cometí el error de casarme y tardé demasiado en divorciarme, desperdiciando diez años de mi vida en una relación estúpida. Finalmente descubrí el periodismo y, sabiendo que tenía que hacer algo con respecto a la violencia de género, canalicé mi trabajo como columnista y reportera en temas relacionados con mujeres.
   Y me realicé.
   La violación es una cadena perpetua. Si comenzara a enumerar todas las maneras en las que afecta a mi vida haber sido violada, daría para escribir un libro. Omitiré cierto coqueteo con sustancias adictivas, la depresión, las veces que pensé en suicidarme cuando era una preadolescente… Pero quiero dejar constancia de una corta lista porque no creo que la gente comprenda lo profundo que resulta el daño que provoca ese crimen.
  La violación me robó cualquier sensación de misterio que pudiera tener el sexo. Pero todavía fue peor que me desvinculara de mi cuerpo, convirtiéndolo en una casa hostil en la que yo no quería estar. Eso tuvo un gran impacto en mí durante mis embarazos y partos, en mi salud, en mi adaptabilidad, en mi ego… Me hizo ser cautelosa y muy desconfiada con los hombres, y las palabras que estoy escribiendo son comedidas. Tengo muchos amigos varones, tipos que sé que jamás atacarían a una mujer; ellos son los que me ayudan incluso cuando lo que necesito es apoyo emocional.
   También tuvo su lado positivo. La fuerza que encontré en mi interior se hizo tan grande que quise compartirla con otras mujeres. Era feroz, capaz de derribar paredes, enfrentarse a amenazas de muerte, acosadores, hombres armados… y reírse de todo ello.
   En 2006, después de más de una década escribiendo sobre atentados sexuales y maltrato de género en mi columna de opinión del periódico, hice público que era la superviviente de una violación. En 2010 escribí sobre las mujeres que daban a luz en la cárcel inmovilizadas con grilletes a la cama; el artículo sirvió para que se aprobara una enmienda prohibiéndolo. Mi trabajo me valió un importante galardón de la Asociación de los Periodistas de Colorado,Flame Lifetime Achievement Award y, el año pasado, me concedieron el primer premio de la Coalición de Colorado contra las Agresiones Sexuales. Cuando me acerqué al estrado tenía la cabeza llena de palabras significativas que podría haber dicho, pero terminé llorando sin consuelo.
   Fue inmensamente gratificante saber que había conseguido algo en la causa que más importancia tiene para mí.
   A pesar de no tener pareja, mi vida ha sido plena y satisfactoria. Tengo dos hijos que lo significan todo para mí. Chicos a los que he enseñado a respetar a las mujeres. He escrito incontables artículos y columnas. Soy la autora de trece novelas. Tengo mi casa. Viajo. Me jacto de poseer buenos amigos. Me despierto casi todos los días con una sonrisa en la cara, incluso aunque en mi interior siguen existiendo sombras de las que no puedo desprenderme.
   Estoy compartiendo ahora mi experiencia en honor al mes de la Conciencia sobre la Agresión Sexual, con la esperanza de ayudar a otras víctimas de violaciones. Fui testigo de cómo en las elecciones de 2012 los políticos querían quitar contundencia a las penas por violación con frases como «violaciones legítimas». Viví las consecuencias de la violación de Steubenville, cuando los medios de comunicación se topaban con hombres y mujeres que trataban de defender a los violadores culpando a la víctima. Lo mismo ocurrió cuando una estudiante de veintitrés años fue violada hasta la muerte en la India. Voces internacionales condenaron las culturas que permiten estos crímenes y exigieron justicia para las víctimas.
   Creo que por fin hemos alcanzado un punto en el que se considera la violación como un delito. Y quiero llegar más allá.
   Este mes, por favor, escribid y compartid los hechos que conozcáis sobre crímenes sexuales, violaciones y violencia de género. Salid a la calle y culpad a los violadores, porque nunca una violación es el resultado de la elección de la ropa, lo que bebe o donde está una mujer. El violador es el único culpable. Ellos son depredadores, igual que el hombre que me asaltó, que buscan la oportunidad de atacar.
   Dad confianza a las víctimas, aseguradles que sobrevivirán. Decidles que la vida mejora y que sanarán. Que son más fuertes que la persona que les hizo daño y tienen la capacidad de vivir sin aquellos que deberían amarles y protegerles pero les decepcionaron. Hacedles saber que hay luz al final del túnel y que deben recuperar sus cuerpos para encontrar la felicidad.
   Rompe el silencio. Denuncia las violaciones.

lunes, 18 de febrero de 2013

Porque yo no soy tonta...


Aunque muchas personas se empeñen en pensar lo contrario, en realidad, al igual que el muchachito ése del anuncio de Media Mark, «yo no soy tonta».
   Desconozco por qué la gente piensa que todo aquél que no se dedica al autobombo y la autopromoción a grito pelado, ni va diciendo que es quien mejor hace cualquier tarea que se proponga, es bobo de remate y se merece que le traten como un pedazo de mierda (perdonad el léxico, pero es que ahora mismo no estoy para finezas).
   Está visto y comprobado que, para que el resto de desaprensivos que giran a mi alrededor me tenga en cuenta, lo mejor que puedo hacer es pasarles factura y, además, a ser posible subidita de precio.
   El siglo XXI no cree en la generosidad. ¡Qué pena!
   Tengo una amiga que siempre me dice que vivo rodeada de «garrapatas», y en realidad razón no le falta, pero bueno, también es cierto que de vez en cuando me permito la ira y exploto como una botella de cava bien agitado. No soluciono nada, pero cuando estoy saturada y me dejo llevar, me quedo como Dios… Esos son los momentos que mis supuestos enemigos aprovechan para decir que tengo demasiada mala leche… Si de verdad tuviera tanta como ellos creen, otro gallo me cantaría, pero qué le vamos a hacer, cada cual elige su camino y yo prefiero seguir pensando de mí misma que soy una buena persona y que el mal hacer y la falta de principios ajena no va a corromperme.
   No obstante, al parecer es menester dedicarse a despotricar a voz en cuello y poner pingando a todo el que se cruza en tu camino para que te respeten. Aún no sé si este fenómeno se produce y multiplica por miedo a las represalias de una lengua viperina o sucede porque tus «rendidos servidores e inquebrantables amigos» están completamente convencidos de que tu intervención —cualquiera que ésta sea— es primordial en sus vidas. El caso es que, cuando te comportas como una auténtica arpía de leyenda, es justo cuando te reverencian como si fueras el paradigma de la amistad y la profesionalidad.
   Llegados a este punto cada vez estoy más convencida de que soy extraterrestre. Empiezo a pensar seriamente que alguna nave alienígena me abandonó hace ya demasiado tiempo en un paraje ignoto, de donde fui recogida por el último alma caritativa que pisaba la faz de la Tierra y, tras criarme a base de Pelargón —porque hay que ver lo poquito que he crecido—, me soltó a mi suerte por estos mundos de Dios.
   Es triste, muy triste, descubrir que en esta sociedad que vivimos ya no hay valores y que el «tanto tienes, tanto vales» se ha convertido en una religión, aunque en realidad no tengas absolutamente nada y sólo seas producto de un marketing personal muy estructurado.
   De poco sirve ser generosa con tu tiempo y tu experiencia hacia aquellas personas con las que tienes la desgracia de compartir espacio; que te importe poco el dinero y no pidas nada a cambio de tus esfuerzos; que confíes en que la gente va a actuar de buena fe y se va a comportar como Dios manda… Tan buenas intenciones no sirven de nada porque ellos, con esa gran capa de pintura que maldisimula los numerosos desconchones de su máscara de coleguitas, intentarán destruirte por todos los medios en lugar de responderte con agradecimiento y comportarse contigo con honradez y lealtad.
   Yo no pido nada más; sólo lealtad. Ya he dicho que, aunque no me dedique a colgarme medallas, no soy ninguna imbécil y mi cociente intelectual se encuentra dentro de la media, así que cuando creo oportuno cobrar por mis esfuerzos lo hago y cuando me apetece, lo regalo. Sin embargo, ¿quién ha dado permiso a los desleales con los que he tenido la desgracia de toparme a pensar que tienen derecho a vapulearme e intentar hundirme? ¿Es que creen que de verdad soy idiota y no voy a darme cuenta de lo que pretenden hacer?
   Lo único que ocurre es que procuro ser coherente con mis acciones y, una vez tomada una decisión, aunque luego me dé cuenta de que ha estado equivocada, suelo asumir mis errores con dignidad. Ya lo dice el refrán, «no hay mayor desprecio que no hacer aprecio», y a esa panda de ególatras lo que más le duele es que ignores sus cagadas.
   ¡Pero que nadie se confunda! Mi, en apariencia, indiferente actitud no significa que no me haya percatado de lo que han hecho y tome debida nota para el futuro. Eso sí, ¡sin acritud!, que diría aquel ex Presidente de Gobierno de la historia de nuestra madre patria.
   Lo que yo tengo muy claro, pero al parecer es necesario que lance un aviso a navegantes, es que a pesar de saber quiénes son y cómo actúan todos aquellos que me están puteando hasta el infinito y más allá, he decidido no amargarme la existencia y pasar por alto los muchos desplantes y rabotazos que los desagradecidos que un día tomé por amigos y colaboradores me regalan a cada paso del camino.
   Así que, amig@ mí@, de verdad, no te esfuerces. No sigas buscándome las cosquillas porque no me las vas a encontrar. Sigue tu camino y déjame que yo siga el mío en paz. Eso sí, te quedaría muy agradecida de que me avisaras de antemano para que no dedique ningún esfuerzo en tu persona.
   Aunque, si no lo haces, descuida que ya me daré cuenta yo solita.

lunes, 28 de enero de 2013

¿Quién inventaría las redes sociales?







Ya lo dice el refrán, «quién mucho abarca poco aprieta», y así me siento yo, incapaz de aplicar la presión suficiente para hacer nada digno de mención aún a pesar del tiempo que invierto en ello.


   
   Casi se me ha olvidado lo que era disponer de horas para leer, cocinar o incluso estar con la familia. Ahora, en cambio, me paso el día corriendo de un lado a otro sin levantar el culo del asiento. Sí ya sé que eso es una incongruencia, pero es que mi movimiento es siempre sobre la pantalla de un ordenador.
   Y ni siquiera sé por qué me quejo, porque la culpa es exclusivamente mía. Nadie me obliga a entrar en el juego, pero es que es tan atractivo… Lo cierto es que por no salirme del redil, por aquello de que «el que no está no sale en la foto», al final, como es lógico, las veinticuatro horas del día no me dan de sí ni estirándolas.
   ¿Que a qué redil me refiero? Pues ya lo sabes… ¡Al de las redes sociales!
   Sí, sí, has leído bien. Las redes sociales son hoy el opio de pueblo. Ríete de la religión, el fútbol y otras zarandajas. ¿Tú te has parado a calcular la cantidad de horas que invertimos en ellas?
   ¡A quién se le ocurriría inventarlas! Bueno, sí, sabemos a quién o quiénes, pero ésta pretendía ser una pregunta retórica…
   Lo cierto es que, con la excusa de socializar con mi gente y dar a conocer el producto que publicito, pero que en realidad todo se reduce a una retahíla de sandeces que a nadie le importan, cada día pierdo unas valiosísimas horas saltando de muro en muro del Facebook, chafardeando en Twitter y cotilleando por los blogs.
   Tantas que, si las juntara, después de un mes tendría tiempo suficiente para homenajearme con unas suculentas vacaciones. Y anda, ¡dime que estoy mintiendo y tú no haces eso…! Porque digo yo que si en estos momentos estás leyendo estas líneas es porque estás atacado por el mismo mal que una servidora…
   Negarás que igual que yo, tú tienes el mismo modus operandi; somos carne de cañón. Lo primero que hacemos cada mañana, después de encender el ordenador, y con la excusa de aprovechar el tiempo mientras se cargan los nuevos correos electrónicos de nuestras múltiples cuentas, es conectar el navegador de Internet. ¡Y ahí ya la hemos liado, amigo! Porque lo que pretendía ser un repaso rápido por las diversas redes sociales en las que estamos suscritos, termina siendo, como mínimo, un par de horas.
   «¡Por Dios, qué desastre! ¡Con todo lo que tengo que hacer!», nos lamentamos al darnos cuenta que, en leer la meteorología de los diferentes puntos de España, incluso del mundo; enterarte del estado anímico y físico de la mitad de la lista de tus amigos; contar a media humanidad lo bien o mal que has pasado la noche, y descubrir con sorpresa cuántos de tus conocidos se han acostado con sus parejas, en el mejor de los casos, se te ha ido media mañana.
   Y después, cuando ves que no llegas a hacer todo lo que tenías previsto para esa jornada, te juras y perjuras que es el último día que actúas de ese modo mientras piensas, ¿y yo que he sacado en claro después de tres horas de compadreo en la Red?
   Porque… «¿A mí que me importa la temperatura que hace en Villaojerillas de Arriba? Claro, que a cambio de ese inestimable dato, yo he informado a todo el mundo que en mi pueblo hace tanto frío que los grajos han hecho surcos en el suelo. Total, puede que a alguien le interese…».
   «Eso sí, menos mal que me he enterado de que mi colega está feliz como una perdiz porque ha recibido una noticia super-mega-fantástica que aún no va a desvelarme… Me alegro muchísimo, de verdad, aunque todavía desconozco el motivo de su felicidad y así se lo he hecho saber. Lo peor de todo esto es que no entiendo por qué no me lo ha contado todo de tirón para que pueda de verdad congratularme con él.  ¿Que porque algo se lo impide? Vaya por Dios, tendré que volver a entrar en su muro mañana a ver si tengo suerte y se le ha soltado la lengua».
   «¡Vaya, chica, cómo lo lamento! Siento mucho, de verdad, que tengas una diarrea galopante! Y dime, ¿has pensado en llevarte el portátil al cuarto de baño para irnos relatando con detalle el proceso…?».
   Y así, con semejante despliegue de noticias trascendentales, descubro que todavía no he empezado a generar trabajo y que, encima, todavía no he escrito en todos los grupos, páginas y muros que habitualmente visito que he recibido la crítica de mi vida de mi última novela.
   ¿Que eso no le importa a nadie? Pues lo siento… Yo lo pongo por si acaso. Y lo repetiré mil veces para que alguien me lea, aunque sólo sea por aburrimiento. Y de paso voy a machacarles por décimo día consecutivo, y por este orden, con el booktrailer de la novela que estoy promocionando, con el número de seguidores que tengo en mi blog, con el enlace a mis numerosos proyectos y, para rematar la jugada, con un fragmentito de mi último parto literario que, aunque está sacado de todo contexto y no emociona ni a las gambas, después de hacerlo me voy a quedar como un general de división. Seguro que esto me reporta un montón de futuros compradores…
   Total, que llegados a este punto, miro el reloj y me digo, «¡Caramba, las doce de la mañana! Esta noche me tocará quedarme trabajando hasta las tantas. Voy a ver si me tomo un cafetito y me pongo al tajo. Pero antes, para luego no interrumpir la tarea, haré una rondita de Whatsapps entre mis amistades telefónicas…».

   En fin, lo dicho, ¡cómo nos daba de sí el tiempo cuando no existía Internet!

Y tú, ¡ponte a trabajar de una vez!
¿Acaso, te han resuelto la vida mis elucubraciones?
Que no, pues ya sabes…